El obturador de tu alma

 

Dicen que la pubertad es uno de los caminos más turbulentos
del ser humano,
un torbellino de cambios físicos y emociones encontradas,
y cuando ambas tormentas golpean juntas,
la tempestad parece interminable.

A los 13 años descubrí un secreto que rompe cuentos:
el amor no siempre es eterno.
Quizás suene extraño para quienes hoy nacen en la era digital,
donde la libertad y la velocidad rompen viejas promesas,
y el “para siempre” se ha convertido en un susurro lejano,
una frase gastada, casi un mito,
“Eso solo sucede en los cuentos de hadas.”

Proteger a los jóvenes de los golpes duros de la vida adulta
—los divorcios, las ausencias, los caminos rotos—
es más difícil cuando la información vuela sin freno.
Antes, la burbuja donde crecía era distinta,
mi madre tejió un mundo donde el amor era para siempre,
una realidad tangible.

Pero el mundo mostró su otro rostro:
más divorcios que bodas,
y vidas que continúan,
que renacen tras el adiós.

¿Alguna vez has sentido que cuando buscas algo,
todo a tu alrededor empieza a reflejarlo?
Como ver un coche en la calle y entonces,
todos parecen igual que ese.
Así es la vida, un espejo que multiplica nuestro enfoque.

A los 13, vi a mis compañeros y vecinos vivir esas historias,
aprendí que no todos lo viven,
pero que ocurre,
y es parte del tránsito humano.

Somos energía, vibrando,
atrayendo aquello en lo que ponemos la mirada,
y a veces solo necesitamos un pequeño empujón
para abrir los ojos
y ver con claridad
lo que la vida nos muestra,
lo que aún no hemos querido mirar.

Cuando te enfocas en algo,
empiezas a encontrar más de lo mismo,
pero también puedes decidir mirar más allá,
y encontrar la luz en medio del reflejo.




De este lado del Universo, Beth✨.


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