“La invisible paciencia”
Se me llena el alma de ilusión cuando miro hacia lo incomprensible,
ese horizonte que mi mente no logra descifrar,
el límite borroso donde termina la certeza y comienza lo incierto.
Y no lo entiendo,
porque mi espíritu es indomable,
y no conoce la palabra esperar.
¿Puedo, acaso, alcanzar algo si simplemente espero?
¿Puede nutrirse esta ilusión con lo que no se ve,
con lo que no llega,
con lo que se escapa mientras aguardo?
Me lo pregunto frente a un atardecer que hasta hoy no había notado,
y que me arde en los ojos con una belleza que duele.
El invierno es más crudo aquí,
y sin el calor del confort al que alguna vez estuve acostumbrada,
todo se vuelve más punzante, más desnudo.
La soledad me sienta bien,
quizá porque me he vuelto menos social,
más selectiva, más introspectiva.
Nunca me gustaron las multitudes,
aunque he aprendido a navegar entre ellas
con la destreza de quien sabe fingir que pertenece.
¿Qué es lo que realmente espero?
Un perdón, dice el corazón.
Una sonrisa de mi madre, murmura el alma.
Lo material, responde la voz hueca de lo impuesto.
¿Quiénes somos hoy?
¿Acaso la forma torcida de lo que esperábamos ser ayer?
La espera es una mezcla cruel de deseo y paciencia,
una composición frágil hecha de esperanza.
Dicen que la esperanza es lo último que muere.
Entonces, ¿morimos esperando?
O peor aún:
¿vivimos postergando la vida,
anhelando un momento que tal vez nunca llegue?


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