El silencio de los que se van

Estaba cansada.
No del cansancio físico, sino de ese otro… el que se instala en el alma.
Muchas personas se marcharon, otras se quedaron,
pero con ellas solo permanecieron las quejas,
las rutinas grises, el hastío envuelto en sonrisas fingidas.

Y yo,
una soñadora sin remedio,
llevaba en el pecho la herida de no poder compartir ni un solo sueño,
ni una sola conversación que rozara la profundidad de la vida auténtica,
esa que se aleja de los disfraces, de la apariencia,
esa que se vive, no se presume.

Entonces me fui.
Sin dramatismos, sin despedidas.
Me fui cansada,
con los pasos llenos de polvo y la mirada hacia un horizonte incierto.
Detrás de mí, quedaron escombros de recuerdos que un día supieron a felicidad.
Volteé, sí.
Pero no para volver.
Volteé solo para asegurarme de no hacerlo.
Y seguí caminando.

A veces, mientras camino, me pregunto:
¿cuánto puede resistir un alma en el hueco oscuro
de la desdicha y el conformismo?
Es cierto, dejar el lugar que te vio nacer puede ser triste,
pero más triste aún es quedarte en un sitio
donde ya no sientes que perteneces.

Nunca fui de muchos amigos.
Pero aún hay quienes permanecen.
Y entonces me cuestiono:
¿seré yo quien se aleja?,
¿la que pone distancia bajo el pretexto de no gustar de las personas?
Y sin embargo,
soy feliz cuando veo a los que amo,
cuando sus presencias cálidas me rozan el corazón.

¿Quién me quita este nudo en el pecho,
esta nostalgia por lo que ya no está,
por lo que fue y no será?
Me fui, sí.
Me fui para sanar.
Me fui para olvidar.
Para encontrarme, quizás.

Simplemente,
me fui.






De este lado del universo, Beth ✨

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