Reflexión: La vida, la enfermedad y el peso del perdón
Hay momentos que te marcan para siempre. A veces llegan disfrazados de enfermedad, de soledad o de una notificación en el celular que te confronta con lo que fuiste, con lo que viviste y con lo que estás dispuesta a dejar atrás.
Recuerdo haber caído en cama por COVID. No fue grave, pero sí profundamente revelador. Tuve fiebre, escalofríos, y un dolor que me quebraba los huesos mientras el sol afuera brillaba sin compasión. La ironía era palpable: dentro de mí, el cuerpo temblaba, afuera el calor abrazaba los 31 grados. Y yo, sola, luchando por mantener mi oxigenación, tratando de no entrar en pánico, buscaba ayuda.
Fue entonces cuando vi ese mensaje: “Te odio.”
No venía de cualquiera. Venía de alguien que había dejado cicatrices. En ese instante de vulnerabilidad, sentí compasión. Pensé: “Quizá no está bien. Quizá no sabe cómo lidiar con lo que hizo.” Y respondí, con la poca fuerza que me quedaba: “Yo no te odio.”
A veces, perdonar no es un acto heroico ni noble. Es simplemente una forma de soltar. De entender que, si el otro carga con sus errores, tú no tienes por qué cargar con su sombra.
Fueron 15 días sin contacto con nadie. 15 días de aislamiento físico y, al mismo tiempo, de reconexión interior. Descubrí cosas de mí que no había querido mirar: patrones, heridas, pero también fuerza y paz. Comprendí que no es necesario bloquear ni vengarse para cerrar un ciclo. A veces, simplemente, la otra persona ya no tiene lugar en tu vida.
Y sobre todo, entendí una gran verdad que me dijo un amigo:


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