Una historia




 Una lluvia furiosa atacó el puerto,

todos buscaron refugio,
pero yo, quieta, observé caer un árbol,
derrumbado por la tormenta impía,
y me reconocí en su caída silenciosa.

La lluvia y las nubes grises,
esas sombras densas que parecen eternas,
eran el espejo de mi alma desolada,
un paisaje donde el color se desvanecía,
donde yo misma me sentía apagada, sin vida,
un árbol partido, vencido por el viento cruel.

Los días siguieron,
como un mar de rutina y grisura,
pero el recuerdo de esa noche oscura
se aferraba a mi pecho,
como un latido triste y persistente.

Me dijeron que tras la tormenta
aparece el arcoíris,
pero yo, ciega de dolor,
no supe verlo,
no supe ver la promesa de la luz.

Llegó otra noche, y pensé que el caos había cesado,
pero la lluvia volvió, y con ella, mis lágrimas,
que caían sin tregua,
trazando ríos invisibles sobre mi piel.

Me escondí bajo las sábanas,
queriendo fundirme en la nada,
queriendo ser sombra,
queriendo que el mundo me borrara de su mapa.

Quise dejar de existir,
silenciar mi voz interior,
olvidar el sentido de cada amanecer,
negando la promesa del mañana.

Subí a la azotea,
con el cigarro en el bolsillo,
con el alma exhausta y temblorosa,
y pensé que ese instante sería mi último suspiro.

Fumé lentamente,
saboreando la oscuridad del cielo,
esa noche envuelta en nubes opacas,
esa noche que reflejaba mi propio abismo.

Terminé el humo,
me apoyé en el muro,
con la mirada perdida en el vacío,
sin testigos, sin frenos.

Pero entonces, un viento fuerte y dulce
barrió las nubes pesadas,
y, entre ese claro inesperado,
brotó la luna,
brillante y serena,
como un faro de plata que desgarra la oscuridad.

Me arrodillé,
rendida ante el milagro sutil del universo,
agradeciendo la señal oculta,
esa luz que solo aparece cuando el alma más la precisa.

Porque aunque el gris sea denso y frío,
y la tormenta parezca eterna,
siempre habrá un hueco,
un resquicio de esperanza,
un destello que invita a seguir,
a levantarse,
a recordar que aún somos más fuertes
que cualquier sombra.

Y así, en la quietud de aquella noche,
entendí que la lucha es el faro,
y que la vida, con sus nubes grises,
siempre deja lugar para la luz.

De este lado del universo, Beth✨

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